Preparados para el futuro
Preparados para el futuro

Blog » Toda una vida intentando acabar con el libro

Fecha pub.
28/03/2012 09:22
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Vailos - Area Comercial
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Esta semana leímos en un periódico como El pais un artículo que nos resulto muy curioso y queremos compartir en el blogs. Desde 2008 se sucedieron en Estados Unidos los cierres de grandes librerías, a favor de instrumentos más eficaces de distribución

Cuando están más cerca de acertar estos gurús es ahora mismo, pues cada vez es más inmediata la evidencia de que la tecnología sustitutiva del libro, los iPads, Kindles y otros aparatos de distribución de lo impreso, ha alcanzado un nivel de desarrollo que ya es imposible de parar. Al contrario de lo que pasaba en tiempos de Lamartine, esta invasión tecnológica que va a suceder está aquí para quedarse y para sustituir al papel como vehículo del pensamiento o la ficción.

Lo que sucede empezó a suceder hace nada, pero ha sido tan imparable como inesperada la virulencia con la que esta novedad se ha impuesto. Y ya es irreversible, algunos pensarán que para bien, otros dirán que para regular, pero ya no importa nada: ahí está, supone una revolución, nadie podrá con ella. Lamartine creía que los periódicos eran la letra impresa que serviría de correa de transmisión del pensamiento, que dejaría de ser reposado para convertirse en instantáneo; eso que iba a ser el periódico es ahora Internet; la Red es instantánea, expresa lo que ha sido instantáneamente escrito, y es "súbito, instantáneo, inflamado del fervor del alma que lo alumbró".

El editor de siempre va a seguir siendo posible, coexistirá con el del futuro y se enfrentarán a la piratería en la Red y al libro le está aguardando el mismo porvenir, aunque hasta ahora, como dice a directora de Tusquets, muchos editores analógicos están quedándose un rato atrás para observar con serenidad los movimientos que hace la industria para despojarse de las virtudes de su pasado y adentrarse en la Red como fórmula habitual para sacar adelante sus productos.

Los últimos tiempos han sido frenéticos; desde 2008 se sucedieron, en Estados Unidos, los cierres de grandes librerías, a favor de instrumentos mucho más eficaces y agresivos de distribución y venta; muchas editoriales potentes anunciaron entonces a autores que les fueron rentables que ya no les servían sus manuscritos, e incluso dieron por concluidos los contratos de lectores de lo que recibían en sus abrumadores correos (postales) de antaño. Y, además, Amazon (y agentes y autores) están pensando seriamente en abandonar los raíles habituales de edición, distribución y venta para confiar a la Red todas esas tareas que antes conocían un proceso lento pero seguro: el autor escribía, el agente representaba sus intereses ante el editor, y el editor se agenciaba los distribuidores más adecuados ante libreros cuya tradición era (lo es aún) sacrosanta.

Esa estructura ha saltado por los aires, y el sector anda en un revoltillo mental que acentúa su incertidumbre y hace aún más oscuro el porvenir de la crisis. En ese revoltillo se está divulgando una profecía que es tan peligrosa (para el futuro del libro) como cualquier desafío industrial o económico. Y es la previsible desfiguración de la personalidad del editor. El editor cuida los textos, trabaja a fondo el material que recibe y a veces hace tanto por un libro que cuando este sale de las plantas de impresión (¡y ya no será de las planchas, eso es seguro!) el autor siente el orgullo de haberlo hecho, pero también la gratitud (probable) a quien se lo ayudó a hacer…

El libro ya no es lo que era, ya va siendo otra cosa; es probable que no lo sepamos ver o que no lo queramos ver aquellos que seguimos practicando la romántica teoría de que las dos fórmulas (el papel, lo virtual) van a coexistir; de una serie de entrevistas con algunos de los más importantes, e interesantes, editores del mundo, salí con la impresión de que el editor de siempre va a seguir siendo posible, y que coexistirá con el editor (o con la edición) del futuro…

Esa coexistencia tendrá matices culturales o no será posible; la nueva estructura que viene propone nuevas aventuras económicas que han de enfrentarse a una creciente piratería en la Red, contra la que es muy difícil luchar; afecta a los derechos de autor, que ya no se pueden contrastar con el precio (más o menos elevado) del producto de papel, pues la Red obliga a abaratar los contenidos, y por tanto va a afectar a anticipos y a derechos de autor. Y el editor puede quedarse, si los autores lo estiman oportuno, sin la materia prima principal de su oficio, los originales, pues los creadores pueden optar por publicar por su cuenta y riesgo en canales que ahora pueden ser individuales.

Al final la pregunta esta clara de que plazos dispone el sector y como será convivencia de ambos formatos en los próximos años.
 

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